19 de Diciembre de 2014

Ya no soy más ese que era. Los meses han pasado,  de pronto cerré mis ojos y los abría, había envejecido un poco. El tiempo enseña una lección valiosa, todo dolor es pasajero, por más metafísico que parezca. también toda alegría, vano es nuestro esfuerzo en el mundo por permanecer, lo mejor es abrazar la incertidumbre.

He vuelto a la ciudad de la que huí hace casi un año, quizás lo recuerdes lector, quizás no. Ha pasado tanto silencio entre nosotros y yo no he tenido la menor consideración para con tu curiosidad. He sido sólo un relato inconstante. Pero ahora que he vuelto a Morelia creo que volveré a necesitarte, al menos volveré a necesitar de esta complicidad de contarte cosas.

La vida es muchas veces absurda, por más esfuerzo que hagamos para hallarle un sentido y direccionarla conforme a nuestros deseos, tiene su propio impulso y sus propios ritmos, impone sus propias formas. Realmente poco de lo que vivimos nos pertenece verdaderamente, la mayor parte del tiempo sólo reaccionamos a lo que nos pasa, no media ningún pensamiento, ninguna idea en la mayor parte de nuestras apetencias por más profundas que las pensemos. De hecho entre más habituales y más fuertemente arraigadas estén en nuestro comportamiento, más esclavos somos de ellas. El fundamento de la ética estoica era algo muy simple, nacido de la conciencia de esta trágica condición humana: “no reacciones inmediatamente, tómate el tiempo de pensar lo que te sucede, actúa.” Porque entre la acción y la reacción, a menos que le concedamos algo a esa vieja metafísica newtoniana, media la idea, el pensamiento. Por eso pensar la vida, escribirla, es una forma de vivirla con libertad. Dejar que la vida pase conducida por nuestras pasiones es sólo ser esclavos de nuestras circunstancias, la libertad, según los estoicos, estaba no en la abolición de las pasiones (como mal se ha interpretado el término “apatía”) sino en su comprensión. Tiempo más tarde Spinoza, quien era un estoico de nuestros tiempos, afirmaría que las pasiones tristes o negativas son inevitables porque cierran al ser sobre sí mismo, tristeza, enojo, envidia, resentimiento, miedo, son pasiones que nos encarcelan y disminuyen nuestra potencia vital. Frente a estas, hay otras, que no provienen propiamente de nuestro interior, sino que son resultado del azar, por llamar así a la apertura. La alegría, la empatía, la serenidad, el amor, son las pasiones positivas en las que debemos fundar nuestra vida, para auténticamente actuar. Quien sólo se deja guiar por las pasiones tristes no actúa, reacciones, y tiene una vida esclava.

Medito todo esto para entender cómo he conducido mi vida en los últimos meses. Creo haber tomado más decisiones sobre las pasiones positivas que sobre las negativas. Decidí amar y apoyar a alguien no porque fuera a recibir nada a cambio, sino porque sentía una genuina empatía por su circunstancia. Cuando ella llegó a mí en Febrero de este año, se abrió enteramente, me contó su vida y sus tribulaciones, su preocupaciones y aspiraciones. Yo sólo pude saber que era una persona que yo quería ayudar. La oportunidad me vino un par de meses más tarde, durante la fiesta de Pamela, a la que la invité. Ella había sido esquiva y esa era la última oportunidad que le iba a dar para vernos, después de lo cual ya no me preocuparía más por ella. A pesar de haberse desvelado el día anterior vino a la fiesta, agotada y con la tristeza en la mirada, vino y bailamos toda la noche. Entendí al verla bailar que ella no necesitaba un amante, sino un amigo, alguien que viera desinteresadamente en su favor. Yo había conocido gente así que me habían salvado, Aaron, Ángel, Favián, Carlos, Juan Carlos, Ivonne, Mariela, Julián, Stephanie, Said. Gente que me había mostrado el significado de esa palabra tan elusiva que era la amistad.

Semanas después me informó que sus amigos la habían corrido de su casa. Aunque nosotros apenas empezábamos a salir, a conocernos por decirlo así, yo la invité a vivir conmigo. Lo medité mucho, sabía que había más probabilidades de que las cosas salieran mal a que salieran bien, que éramos un par de desconocidos y que ella era una chica muy voluble, con muchas pasiones robándole la vida. Pero necesitaba que alguien le ofreciera esa ayuda, y así fue como hice ese espacio en mi vida para ella. Aún vivía compartía con Kat el departamento en ese entonces. No tardó en irse y nos quedamos ella y yo solos y fui redescubriendo que es posible amar, que el amor, como he dicho tantas veces, es una blanca lucha y el deseo es una pregunta cuya respuesta nadie sabe.

Así Cass se fue convirtiendo en mi compañera, su capacidad para tratar de superar sus limitaciones, sus frustraciones y sus pasiones es algo que me sigue impresionando. También tiene una capacidad muy grande de aprendizaje y su sensibilidad me ha hecho redescubrir cosas de la poesía que yo tomaba como ya sabidas. Ha aportado a mi vida lo que yo no sabía que le faltaba, lo que sólo ella podía darle, algo cuyo nombre se me escapa pero que me recorre por dentro, como un rueda.

Pero ahora nos hemos distanciado, hace tres días que he vuelto a Morelia, y trato de escribir esto como una forma de defensa, como una forma de recordarme a mí mismo la dirección de mis pasos y asegurarme de que éstos, me traigan de regreso.

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26 de Enero

El tiempo se mueve, o nos movemos en el tiempo, con una aletargada regularidad. Cada instante se nos escurre, los detalles más ínfimos y preciosos, los que quizás podrían salvarnos, se nos escapan a cada momento. Pareciera que nada de lo que hacemos permanece, que ninguna de nuestras palabras  puede llegar tan hondo para tocar verdaderamente. Aún así vamos por el mundo con certezas infinitas, alcanzado la oscuridad de un sólo trueno, dibujando en nuestros rostros oscuras líneas que sólo serán visibles con el tiempo.

Mi primera semana en el DF estuvo llena del presentimiento de varios ritmos. La convivencia con Katia es tranquila, hasta el momento no hemos tenido conflictos, ella es ordenada y responsable. Aprecio mucho el esfuerzo que hace  para compartir su espacio conmigo, el apoyo que trata de brindarme. Desde que llegue no he tenido sino el presentimiento de ya encontrarme en casa. El apartamento es pequeño, más o menos el tamaño del que yo habitaba en Morelia. Está en un  cuarto piso de una unidad habitacional en la Colonia Olivos, en la delegación Tláhuac. Las ventanas están muy bien ubicas y entra luz a todas horas a la casa. Katia tiene su espacio lleno de todo tipo de detalles, fotografias, macetas, y todo tipo de peculiares objetos que imprimen su personalidad en la casa que ahora me esfuerzo por llamar mía. La cocina es otro asunto, improvisada de golpe, tiene  una pequeña estufa eléctrica a la que sólo le sirve una de sus dos roscas. Un par de muebles donde se acomodan en completo desorden las cosas de la despensa y los trastes, hay una pequeña barra empotrada, un tanque de gas vacío y el gran refrigerador que ya conocía desde antes. Aún así he sabido arreglármelas para cocinar. Lentamente he comenzado por apropiarme de ese espacio.

Las enormes distancias en el Distrito azoran a la mayoría de los que provienen de provincia, las cantidades insanas de gente, apretujados unos contra otros, todo les indica la pérdida de su espacio. Es cierto que es sumamente incómodo subirse, siempre por necesidad, al metro en la llamada “hora pico”, lo cual significa la pérdida total del espacio personal. Y sin embargo es un transporte increíblemente eficiente. He notado que los capitalinos tienden a quejarse mucho  de su ciudad, pero aquí en general, salvo las rentas y los servicios, la vida es más barata y los empleos están mejor pagados. Cuando digo que el metro es eficiente, quizás suene extraños para quienes lo sufren, pero la posibilidad de moverte de norte a sur de una ciudad tan gigantesca tomando un sólo transporte, y recorrerla en una hora u hora y media es realmente un privilegio que no se ve en muchas ciudades del mundo. Pienso en mi terrible experiencia en Roma y en París, donde el metro es algo confuso, poco funcional, más bien asfixiante.

Sin embargo esta era la tercera vez que yo  habitada la gran metrópoli. Es cierto que pareciera que esta ciudad cambia constantemente y de hecho lo hace, pero esto sólo es posible moviéndose en el eje de concretas permanencias. Las horas del tráficos, determinados olores, el bullicio y el barullo en ciertos puntos, el silencio en otros. Todo se une en una caótica sinfonía, no hay motivos dominantes sino puntos de apoyo, sostenidos por sí mismos como las partes de una bóveda. Por eso, con la misma facilidad, la ciudad se colapsa al menor tambaleo. Funciona sobre su caos como una máquina bien lubricada, pero al atorarse uno sólo de sus engranajes empieza a rechinar, a dispararse en todas direcciones. Con estas intuiciones utilicé mi primera semana en el DF para acostumbrarme a sus ritmos.

Esa primera semana vi a Miranda, una chica que conozco ya hace un año, con quien empecé a intercambiar mensajes en Twitter. La química que hay entre los dos me parece extraña. Se me pasa sorprendentemente rápido el tiempo junto a ella, y no es que tengamos muchas cosas en común, creo que sencillamente ocurre entre ambos el presentimiento del deseo. Ella es reservada no obstante, evade hablar de sí misma o abrirse hablando de todo lo que le rodea, de sus conflictos, sobre todo de ésto último.

Aquel día fuimos al museo del automóvil. Fue la primera vez que me subí a un tren suburbano. A veces no comprendo el propósito de esos transportes. Tanto el trolebús, como el suburbano me parece un gasto de recursos apreciables. Recorren, la mayor parte de ellos, tan sólo algunas avenidas, y si bien es cierto que facilitan ciertos trayectos, en su mayor parte sólo hacen del tránsito algo más difícil. Tomamos el tren ligero desde Tasqueña hasta una estación cuyo nombre he olvidado. Presentí que Miranda tendría frío, llevaba sólo un short azul, que lucía sus bonitas piernas, una blusa ligera. Su cabello rizado estaba suelto. Me gustan sus labios principalmente, cuando habla la observo cuidadosamente y estoy al pendiente de los movimientos de su boca.  Son de una suavidad inigualable.

El museo del automóvil está sobre División del  norte, cerca de la avenida Tlalpan. Encontraba curioso el gusto de Miranda por los automóviles.  Dentro del museo debe haber medio centenar de autos antiguos, pulidos con cromo, restaurados para su exhibición, muestras fehacientes de pasados más gloriosos. Yo no podía dejar de recordar todas aquellas películas norteamericanas donde los protagonistas son los automóviles. Largas escenas de persecuciones o de conversaciones en la carretera. Automóviles aparcados en lejanos miradores desde los que se ven las luces nocturnas de la ciudad, mientras dos adolescentes se dan tímidos besos. Gángsters, oldboys, rebelds y toda la demás parafernalia de esas películas que tanto me entusiasmaban hacía años, ahora venían a mi mente entre los brillos del cromo y el pulido.

Miranda y yo establecimos ese juego del tacto cómplice. Nos rozábamos, nos tocábamos el cuello, en fin, nos dejábamos llevar enteramente por la sensualidad. Decidimos tomar un autobús a Coyoacán. Comimos en un extraño restaurante español donde sirven “montaditos”. Según me enteré los “montaditos” son el equivalente a las tortas, aunque de tamaño diminuto y usualmente llevan carnes frías y quesos. Pasamos una tarde agradable, caminamos por  el  centro de Coyoacán, ella insistió en comprar un café de El Jarocho, y caminamos hasta  encontrar un parque, estoy seguro que el de los Viveros, y conversamos largo rato. Nuestra conversación pronto devinó una infinidad de caricias y besos que hizo que perdiéramos la noción del tiempo. Pronto, un apático guardia, nos sacó de nuestro idilio informándonos que las puertas del parque se iban a cerrar pronto.

– Pero pueden quedarse si lo desean.– insinuó. Ambos reímos.

Salimos del parque y caminamos hasta llegar a metro General Anaya, yo conocía aquella ruta perfectamente pues la había recorrido ya en varias ocasiones con Said. Miranda y yo nos despedimos. Aunque la encuentro sumamente atractiva, también entiendo que no debo frecuentarla mucho. Lentamente iría cayendo en el juego de la pareja, y aquello me aterraba. No quería tampoco que albergara esa posibilidad. Entiendo que la única manera de lograr eso es mantener cierta distancia y limitar la constancia. Donde no hay cotidianidad, suelo fértil de las promesas, casi nada puede construirse.

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18 de Enero

Ese día me desperté más temprano de lo usual. Desde las 4 de la mañana ya me revolvía en mi cama esperando los albores del amanecer. Arreglé mis cosas en completo silencio. Desde la noche anterior habíamos acomodado todo en la camioneta, las cosas  de mi mudanza estaba listas. Cuatro cajas con ropa y libros -ni una tercera parte de todos lo que he coleccionado a lo largo de mi vida-, algunos útiles cotidianos, y el librero. La madrugada estaba especialmente fría. Fui a la cocina de la casa paterna, de la que de nuevo me despedía y me preparé un café. En silencio, sólo Pimienta, la perra Schnauzer de mis padres me acompañó, moviendo la cola en la oscuridad para que  le diera un poco de pan. Tiene la costumbre de recargarse en las piernas y abrazarte con sus patitas delanteras, aquel abrazo de madrugada pareció extenderse en el silencio, casi suelto algunas lágrimas. De nuevo me iba, de nuevo estaban las cosas empacadas y todo listo para salir de nuevo de aquella ciudad que contenía tantas lágrimas y tantas sonrisas, aquella ciudad de la que me había vuelto más íntimo y a la vez más ajeno en el último año.

Me despedí de mi madre, me dio una bendición y puse ver la tristeza en sus ojos. Mi padre manejaba y el amanecer nos sorprendió cuando pasábamos por la carretera junto al lago de Cuitzeo, la neblina del camino aún no se disipaba. Ese viaje fue una de las conversaciones más largas que jamás he tenido con él.  Es muy  poco lo que ha estas alturas tenemos en común, el tiempo que él estuvo fuera de casa, los conflictos con mi madre y luego con mi hermana, fueron cavando un profundo abismo que ahora ninguno de los dos sabemos como franquear. No es que haya una mala relación, los roces y las tensiones sucedieron en otro  tiempo, cuando yo aún no había salido del seminario y recién lo abandoné, pero desde mi vagancia por México hasta mi último intento de “sentar cabeza”, sólo había entre nosotros un profundo silencio de incomprensión. Mi padre es para mí una figura misteriosa, sé poco de él, simplemente que es un hombre de naturaleza simple. Nunca aspiró a otra cosa que a la vida que tiene, casa propia, coche en buen estado y poder dar una educación a sus hijos. Me declaro incompetente para comprender ese amor a lo mediano. Para mí cualquier medianía tiene el peso de lo insoportable; esa es la distancia definitiva que él y yo puede que jamás podamos franquear. No comparte mi nomadismo, mi irregularidad, mi gusto por lo incierto y lo azaroso. Yo mientras tanto ignoro la manera en que su inteligencia ha podido conformarse con las mismas perspectivas estancadas. Pero sé que no se ha conformado, sus amoríos, sus aventuras, de las que guarda el más sepulcral secreto a pesar de las evidencias, demuestran  que no es cierto que se haya conformado. Quizás sólo estoy sobreinterpretando lector, ¿no lo hacemos todos con nuestros padres? Son tan cercanos y a la vez tan ajenos que realmente nunca dejamos de dotarlos de misterio. Mi padre es un hombre de poquísimas palabras, una dificultad inmensa para expresarse verbalmente lo ha hecho un hombre sobrio, sin disminuir la idea que tiene de sí, se ha conformado con vivir al margen. Creo que jamás podré entender esa forma de realización.

Llegamos al Distrito Federal cerca de las 9:30  de la mañana, había poco tráfico y aunque perdimos la entrada en un par de ocasiones, finalmente pudimos conectar con periférico. Siguiendo todo el trayecto hasta el sur, rápidamente nos entroncamos con Avenida Tláhuac, de ahí  son pocos kilómetros los que tuvimos que recorrer para dar con la calle que Katia me había indicado en su mensaje. Nos fue sencillo encontrar la dirección. Finalmente nos estacionamos afuera de la unidad habitacional. Le marqué a Katia, fue Adán quien me contestó. Se asomaron desde el cuarto piso del edificio. En ese momento supe que era un hecho, que ya mi vida se había mudado, una vez más, a la ciudad de México. 

Con ayuda de Adán y Katia bajamos las cosas en menos de media hora. Mi padre ofreció llevarnos a almorzar, aceptamos con gusto. Fuimos a un VIPs cercano, yo no quería que él se entretuviera más. Los recientes acontecimientos en Michoacán hacían que yo vacilará en la posibilidad de que tuviera percances en la carretera. Mientras pudiera viajar con luz todo estaría bien. Almorzamos y mi padre nos habló sobre su tiempo trabajando en el DF, había sido ya hace bastante años, cuando trabajó como auditor para Sears. La plática fue amena y  yo agradecí el esfuerzo que mi padre hacía por reparar las cosas a su modo. Se fue tras despedirse con su habitual seriedad. Tuve el extraño presentimiento de que no lo vería en mucho tiempo. Pero aparté esa imagen de mi mente. 

Adán y Katia se habían separado hace poco.  Pero yo sólo podía notar alguna extraña tensión. Jamás he juzgado las afectividades de nadie y ciertamente no empezaría con mis amigos más cercanos. Me incorporé a aquella extraña dinámica. Fuimos a Wal-Mart a surtir algunas cosas de la despensa y  luego a un tianguis que se pone cerca de metro Tezonco. Entre decenas de puestos buscábamos la verdulería y la frutería. La plática era animosa, no sentía estarme mudando a un lugar desconocido, al contrario, me sentía volver a casa después de varios meses. Mis últimos meses en Morelia habían sido de un completo extrañamiento, como si no hubiera nada mío en esa ciudad, sus calles, sus personas,  sus modos, todo me parecía enteramente ajeno. “Unheilig”es el término escogido por Freud para nombrar ese sentimiento de desarraigo, también es el término que Heidegger elige para hablar de la “falta de morada” que el hombre tiene en el mundo, sólo que para él ya no es un término afectivo sino una condición existencial. Siempre somos faltos de morada, siempre estamos arrojados a la incertidumbre de nuestro ahí. Pero la familiaridad, la cotidianidad, en fin, todos esos fenómenos en los que participamos precisamente porque vivimos en sociedad, hacen que se nos aliviane el peso del existir, el hecho de que en ningún lugar estamos completamente arraigados. 

Compramos varias cosas que necesitaríamos para nuestra nueva convivencia. En realidad que no imaginaba que aquello pudiera resultar mal. A pesar de todo lo incierto, yo entendía que tanto Katia como Adán se esforzaban por mantener sus problemas al margen de ese espacio que me ofrecían. Nunca un gesto pudo ser tan contundente y pleno, nunca había sentido que tuviera un sitio en alguna parte. Habíamos organizado una pequeña reunión a la que asistieron  gran parte de los miembros de esta nueva familia, algunos de mis amigos no pudieron pero sé que me acompañaban en aquella bienvenida, sé que ahora tendría oportunidades y tiempos para verlos. Por primera vez he sentido emoción de estar en un círculo de seres queridos, a quienes quieres ver y frecuentar. Aquel cuarto, en el departamento que ahora compartimos Katia y  yo, es la reanimación de aquella casa de puertas abiertas que una vez perdí cuando  aposté todo en nombre de una mujer. 

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16 de Enero

He fallado a mi propósito inicial, a la voluntad de escribirte a diario, Diario. Pero es que aún no me fluyen las letras como fluían hace meses, aún no se recuperan mis ojos de tantas decepciones. Pero tampoco e que sólo tenga cosas oscuras que ofrecerte, muy por el contrario, los días por los que ha empezado el año me han llenado de nuevos e inusitados encuentros, pero quizás no alcances a captarlos si no te comparto que hoy, mientras escribo esto, he empacado  ya mis cosas. Mañana me llevará la mudanza a residir, una vez más, quién sabe si de manera definitiva o provisional, en la intrincada ciudad de México.

Después de la depresión que con algún extraño afán me leíste, después de hundirme en un silencio, no sólo para  ti, sino para mí mismo, de entrar en un profundo  aturdimiento, de sentir que tocaba el fondo y ya no había otra cuesta que pudiera rodar, colina abajo.  Casi pierdo  la cordura muchos instantes, varios días el tiempo se hizo tan denso que lo sentía reventarme detrás de la cabeza. Días aciagos con los que se despidió el 2013, ese año que quiero que jamás vuelva a repetirse. Pero empezaron las buenas noticias. Había metido una beca de intercambio académico, aprovechando mi promedio, aunque no me gusta competir, entendí que no podría soportar otros semestre encontrándome a Victoria de frente en los pasillos de la facultad. No  podría soportar más meses evitando las calles principales. Ella, manteniendo un silencio sepulcral desde aquella noche que  estuvimos juntos, ha desaparecido completamente de mis días. Hace poco, antes de que acabara el año, fui a la casa que rentaba cerca de la Plaza de San Francisco. Llamé a la puerta de portón negro y me respondió la esposa del casero, una mujer joven, guapa pero con cara de completa desquiciada. Pregunté si estaba:

– Ya no vive aquí. – contestó con contundencia.

– No  lo sabía. ¿Hace cuanto que se fue? 

– Hará 5 días más o menos. 

– ¿Dejó algún número, alguna referencia de dónde buscarla?

– No, nada. 

De pronto se volvió real, de pronto ya no  sabía dónde buscarla. Probablemente ha regresado con sus padres, quizás ya no soportó la presión de tener que trabajar y estudiar. Recuerdo que esa noche que estuve en su cuarto pude ver libros que había visto antes en la biblioteca de su padre. Más no sé. Y me he sentido de pronto  liberado. Me han concedido la Beca y ha desaparecido Victoria de mi vida. Así como la desconocida que era ese primer día que la vi llegar a la facultad, así empieza a disiparse. Aún le escribo cartas que jamás le enviaré, ahora no tengo ni siquiera una dirección para mandarlas. Mi madre me lo oculta pero aún se escribe, quizás hoy en la noche finja olvidarlas, y deje el montón ahí entre mis cosas, con  su nombre escrito en el sobre, y  quizás así puedan llegarle, pero no sé si tendría caso, no estoy seguro que esas cartas las  haya escrito para enviarlas.

También Carmen, de la que te hablé un poco, ha desaparecido. A decir verdad nunca estuvo, siempre fue un fantasma, que alimenté con mi arrepentimiento y mi culpa, después con mi ira y con mi locura, ningún rencor le guardo, ahora que reflexiono todo  lo sucedido en ese noviembre, me río de mi mismo, como lo dijo Iván, es sólo una chica confundida.

Pero no todo ha sido tristezas y desencuentros. Para mí que estoy acostumbrado a ver el tiempo pasar con lentitud, los más finos  detalles me llenan de hondo placer. Hace ya varios años, a esa otra red social de la que poco  hablo, porque poco usó, me agregó una chica, llamada Vivian Rojas, durante todo ese tiempo tuvimos muy  poca interacción, cómo con tantos otros desconocidos y anónimos que de pronto se suman a tus listas de “amigos”. Hace varios meses ya que empezó a interesarse por lo que yo  publica y ponía, le daba “like” a las notas de poemas que subía, a las fotos, vídeos y música. Y yo  comencé a interesarme por ella. Descubrí que era una mujer culta, también tenía una gama amplísima de poemas, poetas, músicos, pintores, fotógrafos, cine en su muro de FB, al menos en es virtualidad tan escueta parecía ser una persona sumamente interesante. Asediado  por los fantasmas de Carmen decidí no  darle más largas al encuentro, la invité a salir. Me respondió varios días después, aceptaba con agrado. Al parecer había sido su cumpleaños, ese mismo día me enteré que era casi diez años mayor que  yo.

Cuando llegué a nuestra cita en el café del Teatro Ocampo, ubicado en el segundo piso del precioso edificio colonial que alberga el teatro Ocampo, ella ya se encontraba ahí, sentada casi hasta el fondo del  café, bañada por la luz ambarina de los candelabros del techo, parecía posar para un desconocido pintor que quisiera captar una mirada inteligente y distraída, una pose sensual pero involuntaria. El café es amplio, hay varias mesas y algunos gabinetes en la parte izquierda, junto a las pequeñas ventanas que permiten ver la gran entrada del teatro, la barra está en medio de dos grandes balcones por los que a esa hora entraba el aire de noviembre y las luces ambarinas de las lámparas del centro. Una estatua tallada en madera, de un ángel levantando una espada de fuego, dominaba el escenario. Violeta bebía de un gran baso con soda italiana. Es una mujer delgada, blanca, con el rostro manchado de pecas. El cabello largo y lacio le caía sobre el pecho, discreto. Sus ojos vivaces se alegraron cuando me reconocieron avanzando por el café. Varias canas se asomaba por su hermosa cabellera, pero había tal orgullo, tan sencillez en su porte que en lugar de disminuir su encanto, lo acrecentaban.

– ¿Tú eres Gerardo? – me preguntó con una bella sonrisa de sorpresa en su rostro. – ¡Vaya que te ves más joven en persona que en las  fotografías del FB!

Reí de buena gana. Había algo en Violeta que me fascinó inmediatamente. Había estudiado físico-matemáticas y ahora daba clases en una academia de regularización para estudiantes de todos niveles. Las casualidades son tan sorprendentes y este mundo tan pequeño, que ella resultó ser hermana de Simón, un bajista con quien yo había tocado alguna vez, hacía ya varios años, cuando aún cantaba.

Hablamos de todo tipo de temas, me platicó de su reciente relación fallida. Me agradó que no hubo ninguna clase de rencor en su narración, simplemente la exposición de las cosas que se agotan. Sentí suficiente confianza para hablarle sobre Victoria, sobre nuestro apresuramiento, sus inseguridades, las mías, mi depresión y de pronto me vi exponiéndole incluso lo que pensaba de la psiquiatría. Su hermano Simón había estado enfermo de esquizofrenia, y parecía comprender lo que yo le narraba.  Por primera vez en mucho tiempo sentía que podía hablar con alguien sin sentirme juzgado, una maravillosa sensación de ligereza se apoderó de mí.

Le regalé mi poemario, y me pidió que le leyera algunos de los poemas. Lo hice con gusto, sus ojos brillaban con agrado. Sentía que podía perderme en esos ojos negros que resplandecían cuando algo la motivaba. Le leí también algunos poemas de Max Rojas que llevaba conmigo, y otros de Luis Cernuda. Ella traía un pequeño libro de José Hierro, un poeta español, de quien me leyó varios  fantásticos poemas. También me leyó un cuento de Óscar Wilde que yo ya conocía, sobre una estatua de oro y una golondrina, pero me deleité con su voz suave, grave e hipnótica, me atrapé en su narración. Entonces deseé besarla con todas mis fuerzas. Pero me contuve, no  quería arruinar aquel momento con alguna imprudencia.

Salimos a caminar por el  centro, llegamos hasta la calzada de San José donde estaba el tianguis de las Cañas. Año con año, cerca de  la fecha en que se celebra el santoral de la Virgen de Guadalupe, los comerciantes han establecido la tradición de instalar puestos en la calle donde venden cañas, gorditas, tacos, pozole y hay diversiones y juegos de todo tipo. Originalmente empezaba sólo el fin de semana antes del 12 de Diciembre, pero se ha ido extendiendo y en esa ocasión había empezado desde finales de noviembre. Tanto Violeta como yo teníamos ya bastantes años sin ir. Compramos cañas y yo compré unas gorditas de nata, la noche nos alcanzó conversando sobre ella. Ya entrando en sus treinta tenía la seguridad que no quería tener hijos, que tampoco deseaba casarse, que era pues, un espíritu libre.

Seguimos viéndonos varias veces después de ese primer encuentro, casi cada semana. Me acompañaba a cafés o la llevaba a cenar. Pero recuerdo especialmente las dos últimas ocasiones que nos vimos. Una fue pocos días después de navidad, era un viernes 27. Originalmente yo había planeado mi mudanza al DF para el 3 de Enero, y ella era la persona de la que más quería despedirme. A pesar de lo complicado de esas fechas aceptó de buena ganas. Nunca paraba de decirme lo extraño que era aquello, que ella no solía frecuentar tanto a sus amigos y que era muy reacia a salir con las personas. Pero durante casi un mes nos habíamos visto semana con semana. Me dijo que me quería invitar a cenar, que brindaríamos por el año nuevo y por mi nueva vida en la ciudad de México.

Nos vimos justo el  día en que un amigo de Toluca, Irving venía a la ciudad. Ese mismo día comí con Said y con Luz Elena en un conocido restaurant-bar del centro de la ciudad. Pero me impacientaba por el encuentro inminente con Violeta. La última vez que nos habíamos visto nuestros labios se habían rozado en la  despedida, vi  que se ruborizó, estaba un poco ebria, según lo que me ha dicho casi nunca bebe y el alcohol le afecta muy rápido. No quería que ella sintiera que me había aprovechado de la situación así que  le mandé una larga carta pidiéndole perdón. Me respondió muy tierna: Agradezco el alcohol, que ayudó a que mis labios se resbalaran hacia mi deseo.

Desde esa contundente y seductora respuesta había aguardado con impaciencia nuestro próximo encuentro. Llevaba conmigo un libro de  Manuel Capetillo y un pequeño brevario de poemas de Lêdo  Ivo. Justo habíamos quedado de vernos en la entrada del  Sanborn’s de los portales, frente a la Catedral. Llegué con varios  minutos de antelación, el frío comenzaba a calar, y el centro de la ciudad prendía sus luces ambarinas, bañando los edificios coloniales de lluvia dorada, reluciente, que los hacía lucir cálidos, casi abrasivos, daban la impresión de invitar a sumergirse en su misterio.

Violeta llegó pocos minutos después de las siete. Iba vestida discretamente, aunque notaba que se había arreglado. Un perfume floral emanaba de su cuello. Me gusta que jamás usa maquillaje, ni el más mínimo rubor, ni nada que realce sus labios, sostenida enteramente en el equilibrio extraño de sus facciones, su belleza se muestra como la luz clara que se filtra entre las hojas de un bosque. Me preguntó que dónde deseaba ir a cenar, aún no  lo sabía, si ella hubiera sabido ¿lo sabía acaso? La conmoción que en mí causaba, quizás me hubiera besado en ese mismo instante, quizás se hubiera alejado. Pero comenzamos a caminar sin rumbo fijo, hablando de las cenas que  habíamos preparado para nuestra familias. Ella había preparado pierna con una combinación inventada de especias, salsa agridulce al parecer. Le comenté que yo prepararía mole para la cena de año nuevo en el Distrito Federal, en la que me acompañaría mi familia, no la sanguínea, sino esa que se había formado y consolidado en el último año.

Finalmente elegí  una mezcalería cuyo atractivo es también tener un restaurante de cocina de autor, “Tata” es el nombre del lugar. Llegamos  y encontramos lugar en un patio interior en el que habían instalado un cucurucho artesanal que daba calor. Me comentó que el olor de la madera quemándose le recordaba su infancia en Cherán, su padre era de origen indígena, y aunque ella no hablaba purépecha tenía mucho afecto hacia las comunidades originarias. Intercambiamos poemas, me leyó a un poeta español del siglo  de oro, aunque tiene trabajo para la  dicción en la  lectura de un poema, me llena de  fascinación la pasión con la que vive todo lo que hay ahí escrito.

Inevitablemente llegamos a la conversación sobre “lo nuestro”. Su primera angustia era la diferencia tan grande que había en edades, era casi diez años mayor que yo. Rápidamente disipé sus dudas:

– Vamos Violeta, ya  has llegado al punto donde estás segura que no quieres hijos, que no quieres casarte. Yo en este momento de mi vida tampoco quiero eso, no sé si algún día lo querré. Tampoco es que te esté prometiendo nada, creo que simplemente quiero disfrutar de ti, gozar de tu presencia, de estos momentos que tenemos, irrepetibles, que con nadie más aparece.

La besé cálidamente después  de esas palabras. Tembló un poco, como si quisiera resistirse y después pude sentir su cuerpo  soltarse enteramente, me acaricio el rostro con delicadeza, cual si fuera de porcelana. Sus labios delgados, suaves, secos por el frío se movieron con lentitud, susurrando quizás cosas que hacía tiempo quería decirme. El dulce olor del ponche emanaba de su aliento y me invitaba a acariciarla. Nos marchamos del bar después de pagar la cuenta. Me apretaba la mano con fuerza, hacía un frío intenso, calaba hasta los huesos y ella se apoyaba en mi cuerpo.

Paramos un taxi que nos dejó su casa, todo el trayecto no cesamos de besarnos, de acariciarnos, sus manos antes tímidas se paseaban por mis muslos, por mi pecho, yo la tomaba delicadamente de la cintura y mordisqueaba su oreja,  su cuello. Hicimos el amor la noche  entera, al principio fue tímida, decía que tenía ya casi un año sin tener intimidad con un hombre, pero tras las primeras caricias, tras los primeros roces, la fricción despertó en ella el deseo. Se agarró a mi espalda como un percebe en la tormenta.

A la mañana siguiente desperté antes que ella, recargada en mi pecho dormía plácidamente y entonces recordé aquel poema de Rubén Bonifaz Nuño que  empieza: “Ahora estás dormida…” Pensé en todos los poemas que había leído sobre contemplar el sueño de la amada y mi corazón latió con fuerza. La luz entraba apenas por su cuarto, atiborrado de libros, de muñecas y demás curiosos objetos coleccionados durante sus viajes. A lo lejos, algún camión aullaba despuntando el alba.

Hoy  fue la última vez que  la vi, pero no sentí ni por un instante que fuera nuestra despedida; al contrario, presentí que era el comienzo de algo inusitado y maravilloso, de algo que quizás quede plasmado aquí o deje que lo engulla el silencio. Caminamos por la ciudad hasta llegar a un balcón que hay subiendo por las llamadas “Escaleras de Santa María”, en las faldas de la loma, junto al hotel San José. Ahí se abre una pequeña calle empedrada que da a un balcón de cantera, sostenido en el aire por dos grandes pilares. No había luz cuando llegamos, me tomó de la mano en la oscuridad y cuando casi resbala la sostuve y la besé con un cariño infinito. Sentí de nuevo su cuerpo temblar.

Después de aquella primera noche que hicimos el amor, pasamos varias noches más juntos, me leía o yo le leía, escuchábamos un disco o caminábamos por la ciudad buscando un rincón para besarnos y hacer el amor. Ahora le llevaba a uno de mis lugares favoritos de toda la ciudad. No había llevado a nadie ahí desde que vivía con Victoria. Ahora el balcón, resguardad por camelinas que en la oscuridad parecían decenas de manos acariciando la luz de la luna, recobraba un significado. Le leí todo el poemario de El Manto y la Corona, y cuando concluí se desvistió,  a pesar del frío hicimos el amor en un largo abrazo, lentamente, como si no quisiéramos despertar a aquellas palabras de adiós, aquellas promesas que no nos hicimos pero que escondimos uno en la profundidad del otro.

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04 de Enero de 2014

Cuando se vive entre letras se desarrolla una misteriosa habilidad que Barthes hizo a bien llamar “logoscopia”, es una extraña enfermedad, que consiste en “ver” el lenguaje. Puede sonarte absurdo lector, pero el lenguaje siempre es lo que se oculta detrás de lectura. Cuando leemos cualquier cosa, el ritmo de la expresión nos atrapa y nos quedamos en aquello que quiere transmitir (esquivando por el momento ciertas tendencias analíticas), al punto que perdemos de vista que son precisamente palabras, signos convenidos las que nos transmiten aquellos mensajes. Cuando las palabras y los signos vienen acompañadas de una intención clara, cuando alguien que conocemos nos escribe, con más facilidad el  lenguaje se hace invisible debajo de lo que transmite, es hasta que falla, hasta que hay malosentendidos que hacemos esa extraña división entre el “querer decir” y el “decir”. 

La logoscopia es esa habilidad para volver a sentir la plasticidad del lenguaje, para ser sensible a sus ínfimas variaciones. El lenguaje escrito en particular se presenta en una plenitud donde puede captarse el movimiento expresivo que la dirige, también podemos llamarlo “leer entre líneas”. Pero esto me parece errado, no estamos leyendo, de hecho, algo que se encuentre en un meta-texto, o una intencionalidad oculta tras las palabras que viniera a revelarlos el secreto de su desciframiento, al contrario, lo que resalta, lo que se visibiliza es el  lenguaje mismo, las palabras utilizadas, las pausas, los ritmos. Todo eso adquiere una constitución visible como en un paisaje. Uno se da cuenta que está leyendo a otro. Así como repentinamente nos hacemos conscientes de un tono de voz, de un  olor particular, de la forma de andar de alguien, de la textura de su piel, y entonces esas expresiones quedan indefectiblemente grabadas a esa persona, se tiene la intuición de que el lenguaje es un órgano y no un instrumento. Un todo estructural que da cuenta del comportamiento de una vida.

Se aprende a leer en la multitud de los significantes como el marinero experimentado aprende a leer en las olas del mar que para los ojos inexpertos son  siempre iguales y tumultuosas. Por eso quienes nos ocultamos en el lenguaje siempre terminaremos por encontrar a alguien que nos descifre, por eso todo acto de escritura es una llamada de auxilio, es un mensaje arrojado al mar. 

El descenso fue terrible, no tuve valor para completar los 2 actos  subsiguientes de la crónica a destiempo de una vida. Precisamente para refugiarme dejé de escribir, porque soy consciente que al escribirme lo único que hago es encontrarme. Pero refugiarse en el mundo es alegrarse de él y por él. Dejar de escribirme para dejar de perderme. Olvidar el reflexivo antes de cada verbo infinitivo. La tarea de la escritura es un infinito soliloquio que a veces se calla para que lo indecible pueda resplandecer maravillosamente. 

Vuelvo a escribir porque sé que nadie contesta, que algunos leen y guardan silencio. Por ustedes, hambrientos de la intimidad que desgarra al otro, voyeuristas que no salen del anonimato, les traigo el exhibicionismo que me constituye, el desnudamiento fractal, quizás también el desanundamiento de aquello que me atraviesa. No quiero prometer ninguna constancias, no prometo ninguna forma de veracidad, porque el recuerdo es necesariamente atravesado por la ficción y toda descripción traiciona. Me propongo un Diario, y en este sentido una vida, que incite a vivir, una forma de realizar la filosofía, en una tensión entre escribir (filosofar ¿pensar acaso?) y vivir. De ida y vuelta. 

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Crónica a destiempo de una vida (En 4 Actos)

Segundo Acto: “Suyo”

 

El café-restaurante Amatti estaba casi vacío a esa hora de la tarde, debían ser casi las 4. Una pareja comía alegremente unos platillos de delicioso aroma. Los meseros, aburridos, conversaban sin mirarse en la barra. En una mesa que estaba pegada a una de las paredes laterales, Victoria leía un libro. Lucía hermosa, su cabello caía un poco sobre su cara, sus mejillas siempre sonrosadas estaban un poco pálidas, sus dedos delgados pasaban una página y su rostro de seriedad indicaba que estaba fuera del mundo.

De golpe volví a la realidad, no sabía cuánto tiempo había estado vagando, ni porqué mis pasos me habían conducido justo a ese lugar. Victoria aún no se había percatado de mi presencia cuando la mesera, extrañada porque había estado parado en la entrada varios minutos observando el interior, me preguntó si estaba bien o si deseaba algo. Entonces Victoria alzó la cabeza y sus hermosos ojos cafés, de un brillo dorado casi angélico, se clavaron en mí. Me estremecí de pies a cabeza.

La mesera volvió a preguntarme si estaba bien, se acercó. Apenas pude asentir. Victoria me hizo señales para que fuera a sentarme a su mesa. Por una extraña inercia concedí.

Los antidepresivos son neblinas del pensamiento, cuando uno está en un nivel profundo de depresión causan una sensación extraña de ajenidad con respecto a sí mismo. Todo lo que te acontece pasa como por un filtro y tardas en captarlo. Se retardan tus reacciones y tu tiempo es lento. Pero sigues viviendo en un mundo público, todo lo que sucede a tu alrededor, sucede en el tiempo de los demás, tu experiencia es confusa, no puedes concentrarte plenamente en nada. Victoria hablaba, lucía contenta pero yo no alcanzaba a distinguir qué decía, sólo veía el movimiento de sus labios delgados y pálidos, el extraño brillo en sus ojos, y de pronto, vi brotar unas lágrimas.

Pensé que ya no querías verme más. – dijo conteniendo una lágrima que alcanzó a escapar por su ojos izquierdo. – No sabes cuánto dolor me causaba no poder saludarte en la facultad, no saber nada de ti, que pasarás de largo sin mirarme, que no respondieras aquel correo que te escribí.

Lo siento. – fue lo único que pude mascullar. – Me dolía, aún me duele.

¿Entonces por qué viniste a buscarme? – preguntó. – Hace rato me mandaste un extraño mensaje, diciéndome que debíamos vernos, te pregunté donde y acordamos este lugar. Pero te retrasaste casi una hora, estaba apunto de irme. Pensé que no vendrías, que te habrías arrepentido y o que me habías jugado una mala pasada.

¿Eso dijimos? – la realidad trataba de establecerse pero mi mente no podía ir al paso. – Te extraño. – concluí. No podía pronunciar más palabras.

Ella siguió hablando un buen rato, me pidió incluso una cerveza que me tomé casi de dos tragos. Hablaba y yo asentía, veía como sus lágrimas se transfiguraban en dicha. De pronto, sin poder recordar con exactitud lo que pasó, empezó a sonreír.

– Estás extraño. – la oí decir de pronto. 

– Estoy cansado, casi no he dormido estos días, eso es todo. – contesté. 

– Luces muy pálido. – afirmó. – Te llevaré a mi casa. 

Cuando volví en mí caminábamos por la plaza de San Francisco. Un radiante sol iluminaba el agua chorreante de la fuente, parecía arrojar luz. La gente caminaba con ritmos tranquilos. Los coches transitaban con extraña parsimonia. Algunas palomas jugueteaban en el cielo. Pero no pude mirarlas mucho tiempo, el sol cegaba mis ojos. Victoria callaba, su rostro reflejaba consternación, me tomaba del brazo al caminar. Dos cuadras después llegamos a su casa. Una entrada pequeña, como de cochera, con un portón de puertas negras y altas con vidrio raspado para evitar que se transparentara el interior. Abrió, adentro estaba frío, me tomó de la mano y caminamos por el largo pasillo hacia su cuarto. Aún no tenía plena conciencia de lo que iba sucediendo a mi alrededor. Abrió la angosta y alta puerta de su cuarto, justo antes del hermoso patio interior de la casa, y entramos.

No había cambiado mucho desde la última vez que había estado ahí hace 7 meses. Estaba más ordenado, el cuarto  es pequeño, pero de un techo altísimo como en todas las casas del centro,lo que aminora lo reducido del espacio. Es una habitación sencilla, con un baño, también bastante amplio. Su cama acomodada al fondo dominaba la estancia, había tres  libreros atiborrados de libros, copias y partituras. Lo que parecía ser una piel extendida en el suelo, de largo pelaje blanco. Me tendió sobre la cama y me quedé profundamente dormido. 

Cuando desperté el cuarto estaba a oscuras. Lo primero que sentí fue el cuerpo de Victoria abrazado al mío. Estaba desnuda, yo también. Dormía plácidamente, yo miraba la oscuridad, y fui sintiendo mi cuerpo. Mi sexo estaba húmedo y su entrepierna, que podía sentir pegada a mi muslo, estaba caliente. Tenía rasguños en la espalda y en el pecho. Comenzaron a arderme. Una agitación repentina invadió mi consciencia. 

Confundido me paré a tientas en la oscuridad y me golpeé contra un librero que confundí con la puerta del baño. Victoria se despertó, oí su voz rasgar la oscuridad, 

– ¿Qué pasa? ¿Estás bien? – me preguntó con un tono amodorrado. 

– Nada… – contesté aún aturdido por el golpe. – Me golpeé con el  librero por equivocación. Buscaba el baño. 

– ¿Y por qué no prendiste la luz menso? – pregunto con voz suave, llena de ternura. 

– No quería despertarte. 

A medida que hablábamos la situación se hacía cada vez más contundente en mi memoria. Victoria y yo habíamos tenido relaciones durante horas. Mi cuerpo aún palpitaba de deseo, y sólo escuchar su voz, saberla desnuda en la oscuridad, hacía mi corazón latir con fuerza. Pero mi sexo me dolía por el cansancio.

– Es media noche. Regresa a la cama. – dijo y la oí revolver las sábanas. – Mañana compramos la pastilla, no te preocupes. 

– ¿Pastilla? – pregunté aturdido. 

Sí, aunque acaba de pasar mi período puede haber un poco de riesgo. Mejor prevenimos ¿Es eso lo que te turba? 

Al parecer mi tono de voz delataba toda mi confusión. Victoria no se había dado cuenta de mi estado. No es la clase de mujer que  se aprovecharía de una persona drogada. Sólo una vez había probado las drogas y no sabría reconocer los síntomas. Me metí al baño y prendí la luz. Tenía un par de oscurísimas manchas juntos de bajo de mis ojos, ojeras profundas. De hecho no recordaba la última vez que había dormido antes de esa noche. Me eché agua fría en la cara y me puse a pensar. 

A diferencia de lo que creía recordé todo inmediatamente. Cuando me acostó en la cama comenzó a decirme que había esta muy sola, que no podía ser la misma, Decía que no podía confiar ya en nadie, que la intimidad le costaba un trabajo agobiante y la llenaba de espanto. Y en toda esa confusión su única certeza era su amor por mí. Estaba, según dijo, dispuesta a perdonar y olvidarlo todo. 

Entonces recuerdo haberme levantado y haberla abrazado con fuerza. Sentir su cuerpo estremecerse con mi abrazo y sentir cómo me besaba. La sed de 8  meses se derramó sobre nosotros y nos comimos el uno al otro como caníbales. Devoré sus pechos grandes y suaves, siempre generosos; devoré su sexo hasta que el orgasmo lo hizo palpitar de gloria; devoré sus rotundas nalgas. Ella me besaba con ferocidad, pero me acariciaba con suavidad. Devoró mi sexo hasta hacerme eyacular. Luego se montó sobre mí. Recordaba sus gemidos, su llanto de placer, el estremecimiento de su cuerpo por el orgasmo. Recordé que me puse sobre ella y arremetí de nuevo contra su sexo. Recordé su risa, su exclamación de dicha. Pasaron las horas, nuestros cuerpos exhaustos y bañados en sudor, se volvían a juntas tras descansar unos momentos, como si nunca más desearan estar separados.

Tocó la puerta del baño. 

– ¿Seguro que todo bien? – preguntó. 

Volví a echarme agua en el rostro, no supe qué contestar. Apoyé mi frente en el espejo redondo del baño y comencé a sollozar. 

– ¿Te arrepientes de lo que pasó? – preguntó de nuevo con una voz apenas audible detrás de la puerta. 

Pude imaginármela en el mismo  gesto que yo. Con el cuerpo vencido, recargando su frente contra la puerta del baño. Siempre habíamos compartido ese gesto. Pero ¿cómo arrepentirme? Mi cuerpo me había demostrado que pese a todos mis intentos yo seguía siendo de aquella mujer. Que mi intimidad seguía siendo suya, pese a Silvia, pese a todo lo que había pasado. No importaba tampoco en ella la huella de otros cuerpos. Yo le pertenecía, era cosa suya. 

– No. – contesté rotundamente y abrí la puerta del baño.

La luz iluminó su divino cuerpo desnudo. Tenía marcas mías por todos lados. Mordidas la piel blanquísima de su cuello, de sus pechos y de sus muslos estaba enrojecida. La abracé con fuerza, sentí su corazón latir, sentí el mío casi salírseme del pecho. 

– Sólo es que… fue tan irreal. – le susurré al oído. 

– Nunca he logrado comprenderte, después de tanto, después de tantas cosas que nos hemos hecho, me haces el amor como  si nada hubiera pasado, como las primeras veces. Me haces querer olvidar el mundo en ti. Quizás por eso te amo. 

Al escuchar esas palabras sentí el deseo volver a mí con la fuerza de una descarga eléctrica. Ya nada importaba, todo era irreal, todo era un continuo sueño. Seguimos haciendo el amor hasta la madrugada, hasta que nuestros cuerpos, exhausto, pudieron encontrarse. 

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Crónica a destiempo de una vida (En 4 Actos)

Primer Acto: “La chica triste que me hacía reír.”

El metro es un transporte extraño, en él las distancias tienden a acortarse y prolongarse indefinidamente. El primer día de mi estancia aquí, el sábado 16 de noviembre, recorrí las 10 estaciones y dos líneas que separan Observatorio de Nativitas en 40 minutos. Ayer, mientras llovía y acontecía la llamada “hora pico”, recorrí las 6 estaciones de Nativitas a Bellas Artes sobre la línea azul en algo así como hora y cuarto. Dentro de este extraño túnel uno percibe el tiempo de manera tan distinta que apenas si nota que se recorren siempre las mismas distancias en distintos tiempos. Pasa desapercibido porque ciertamente es el mismo recorrido, con las mismas estaciones y el timbre de dos notas que indican que las puertas van a abrirse o a cerrarse 

Para un hombre de provincia la ciudad de México es extrañamente estática. No reconoces los edificios como para notar los cambios. siempre tienes la impresión que es igualmente polimorfa y como buena bestia mitológica, jamás se agota. Todo esto no significa que sea dinámica, percibes el pulular de la gente, su paso histérico, sus gestos histriónicos, pero como un gesticular y un caminar perpetuos, cada que regresas es lo mismo. No lees, como sus habitantes, los sutiles rumores que delatan el humor de la ciudad. Por eso olvidas tomar el metro antes de las 6 o después delas 8; nunca recuerdas que debes evitar subir entre 2 y 3 a menos que sea estrictamente necesario. El flujo de la gente que pasa te confunde, no percibes las corrientes que siguen los transeúntes. Tardas demasiado comprando cualquier cosa, la gente se exaspera de escuchar tus conversaciones, como si tu voz desentonara en una cómplice orquesta de la  que no formas parte.

Es la  experiencia de ajenidad, violenta a veces, mayormente confusa. Te acompañan a tu paso, todos los vicios de la vida en provincia como una gran bola de acero que te impidiera caminar al ritmo acelerado, pero deleitosa, estrepeitosa, desesperantemente estático de la ciudad.  Pero igualmente misteriosa y terrible es la manera en que ese ritmo te absorbe, sin saberlo te vas a costumbrando a las pocas semanas de vivir en la ciudad. Comienzas a saber instintivamente tu dirección en el metro, a dormitar o leer entre estaciones sin el pendiente constante de mirar los letreros. Las rutas de los micros ya no te parecen que recorren insondables laberintos de asfalto y concreto, sino puntos geográficos específicos. Empiezan a llamar a grandes áreas kilométricas por sus nombres, a distinguir cuando empiezan y acaban las delegaciones. Las cosas cobran un orden, lentamente el humor cotidiano, siempre cambiante, de la ciudad también te habla.

Pero he empezado esta narración por el final, por la experiencia que comenzaba a sentir de regreso a casa. Para que pueda comprenderla, tener algún sentido, debo retroceder un poco en el tiempo. Escribo esto un 20 de noviembre, todo empezó la madrugada del martes 12. Acababa de discutir fuertemente con Emma, una peculiar mujer que había conocido en Twitter. Ya conoces, lector, la costumbre extraña que he adquirido de construir mis relaciones a partir de esa red social. Llevábamos apenas un par de semanas intercambiando mensajes de texto y apenas unos cuantos días que conocíamos la voz del  otro, pero las coas entre nosotros sucedían a una velocidad poco habitual.

Admito, nunca he tenido reparo, que me gusta la gente en sus contradicciones, pero en verdad Emma es una de las personas más peculiares que he conocido. Comenzó a seguirme en Twitter unas pocas semanas antes de nuestro primer contacto. Mostraba su rostro en el avatar por lo que no sentí desconfianza cuando comenzó a coquetear conmigo en los DMs. Hizo un acercamiento frontal, dijo que le gustaban mis labios. A lo largo de esa semana aumentaron nuestros intercambios de mensajes. Fue  un 31 de Octubre cuando, con pretexto de mandarme un foto de su maquillaje para el Halloween, me pidió mi número de celular. Me causaba curiosidad su insistencia, aunque ya le había mencionado que no me acostaba con desconocidas. Ese mismo fin de semana había decidido ir a visitar a mis amigos en el DF. Había estado yendo casi cada quince días, pero desde que perdí mi departamento, habitar Morelia se había hecho casi  intolerable.

Sé que debo apegarme a la narración de cierto suceso para que comprender lo acaecido en los últimos 7  días. Pero desde que abandoné temporalmente el proyecto de este diario, han sucedido tantas cosas que  no sé qué mencionar y qué no. Según Italo Calvino eso me delata como un pésimo escritor y quizás tenga razón.

Había aprovechado para ir al DF durante el puente de día de muertos, coincidió que la Universidad también concedía dicha festividad. Le dije a Emma que sería bueno conocernos y ver qué sucedía. Fue  cuando las cosas comenzaron a tornarse extrañas, de pronto su seducción que  había sido constante y directa, comenzó a menguar. Si tono cambió, pero decidí ignorarlo, sólo ahora que reflexiono sobre eso me doy cuenta de tal sutileza. Pasé el puente en el DF. Lo último que supe de Emma antes de sumergirme en aquel refugio de música, drogas y amigos del que ya antes he hablado que es la casa de  Iván, fue que estaba triste y que prefería esperar para confirmarme.

Durante la mañana del sábado, mientras conversábamos con otro buen amigo, aunque no tan frecuente, al menos en las reuniones a las que yo he asistido, Apolo, Iván comentó entre risas que ya había notado  que últimamente tenía mucho  contacto con la cuenta de Emma.

– Sólo ten cuidado amigo. – dijo con seriedad. – Esa mujer disfruta de jugar con las personas. 

– ¿La conocen? – pregunté extrañado.

La luz del medio día entraba por la ventana de la sala, se revelaban los estragos de la fiesta que había comenzado desde el día anterior. Colillas de cigarrillos por todas partes, botellas y latas vacías de cerveza, bolsas de papás o empaques de unicel de todo tipo de alimentos, conformaban un extraño collage en el suelo. En el aire flotaba el humo de los cigarros, incapaz de escapar, dando vueltas sobre sí mismo como el espíritu de un dios olvidado. Mi cabeza daba vueltas, no sé cuántas drogas habíamos consumido el día anterior. Ángel y Katia dormitaban en el cuarto, sólo estábamos en la sala, escuchando a Can, Pamela, Iván, Apolo y yo.

– Sí, es Emma. – afirmó Apolo – Siempre hace lo mismo, comienza hablándote, y de alguna manera te envuelve en su ternura y su atención, entonces cuando quieres conocerla se esconde, huye. 

– Le gusta enamorar a los hombres.- continuó Iván tras un breve silencio de Apolo. – A Apolo le pasó. 

– ¿Fue  la razón por la que cerraste tu cuenta hace meses? – pregunté de manera retórica.

De pronto había recordado la historia. Caleb me contó hace meses que había empezado a interactuar con una mujer que se le hacía sumamente interesante, y que le gustaba mucho. Pero después, justo cuando habían quedado de salir, lo había dejado plantado, arguyendo un impedimento de salud. Recuerdo que mencionó que le había comprado una canasta con fresas. Casi al mismo  tiempo Apolo habían comenzado a interactuar con ella, y al parecer había pasado por un proceso similar. Sólo que para él las cosas se habian tornado más fuertes, según lo que me contó, habían inclusive ya empezado a tener una relación, lo que me extrañó ¿cómo se puede tener una relación con una persona que no se conoce? Pero pronto lo descubriría.

– Sí. – murmuró Apolo. – Ten cuidado amigo, le gusta jugar con las personas. 

El perfil vago que me había formado de Emma de pronto adquirió una concretud plena. Emma era esa chica que había tenido sus líos, si puede decirse eso del intercambio de mensajes, tuits y llamadas, con Caleb y Apolo, y había causado en este último una depresión bastante profunda.  Lo extraño del caso es que estaba seguro que ella sabía perfectamente quién era yo. A nadie que se relacione con nosotros en Twitter le es ajena nuestra amistad. Además cuando me mencionaron el nombre de su cuenta anterior, supe que habíamos intercambiado algunas menciones inclusive. Recordé también que la foto que me había mandado la había visto en la foto de perfil de su cuenta anterior.

Emma adquirió un semblante siniestro, te confieso lector que entonces me embargó una extraña curiosidad. ¿Qué quería? ¿Era tan tonta como para utilizar el mismo juego, la misma seducción en personas cercanas? ¿pretendía contactar a Apolo a través de mí? Cierto enojó se mezcló a mi curiosidad, no contesté ninguno de sus mensajes durante mi estadía en el DF.

Ya de regreso en Morelia seguimos intercambiando mensajes, aunque yo ahora era mucho más reservado. De nuevo, al estar lejos volvió su tono seductor, sus comentarios directos, su dar pie a comentarios picantes. Le dije que me gustaría conversar con ella por Skype, arguyó de nuevo un extraño pretexto, su cuenta había sido suspendida y por el momento no podía. Fue el golpe definitivo, entonces supe que estaba envolviéndome en su juego. Me dio la opción de hacerme una llamada o mandarme un mensaje de voz y rechacé ambas opciones. Entonces comenzó una dinámica de la que ya me habían advertido. Dijo que yo no entendía sus gestos, que ella no hacía eso por cualquier persona y que no volvería a abrirse conmigo. No entendí lo que pasaba, y entonces el recuerdo me ganó, algo dijo, que me recordaban a las palabras de Victoria. Lleno de enojo, de un enojo que tenía meses sin sentir le contesté que era ella la que actuaba igual que Victoria, de quien le había platicado levemente, que no me dejaba ser, que no me dejaba elegir. No sabía exactamente que respuesta obtendría, así que esperé. Comenzó a mandarme mensajes de voz. Se disculpaba y me pedía que me calmara ¡Cómo si hubiera sido yo quien hubiera comenzado la trifulca! Decía que ella no había querido iniciar un desacuerdo, sólo que era muy orgullosa.

A partir de ese episodio comenzamos a intercambiar mensajes más íntimos. De hecho nos saludábamos con mensajes de voz, le escribía a diario y varias veces al día. Una vez mientras iba en el transporte urbano, apreté el botón de llamada sin querer, no me di cuenta, al parecer estuvo marcando un rato y ella no había contestado. Esa tarde vi a Victoria de nuevo en la facultad, hacía semanas que la evitaba y cada que la veía la tristeza se apoderaba de mí. Algo escribí en Twitter al respecto, y comencé a recibir extraños mensajes de Emma, de pronto se mostraba muy preocupada por mi estado de ánimo. Realmente no tenía humor de aquel extraño juego, que ciertamente era entretenido, pero que exigía de mí una concentración que no tenía en ese momento.

Entonces me llamó. Dijo que devolvía la llamada que le hice por la tarde. Comenzó a hablar en un tono muy tranquilo, eventualmente saqué el tema de que me habían advertido de ella y que no sabía qué pensar.

– ¿Entonces por qué me sigues hablando? – preguntó dubitativa.

Ya estoy grande, sé lo que hago. – contesté con vaguedad. – Además no me asustan las contradicciones de la gente y tú te has portado bien conmigo.

Comenzó entonces a relatarme su historia, era absolutamente consistente con lo que me habían dicho que había pasado, sólo que en su versión, ella realmente estaba enferma, había tenido una recaída terrible durante el tiempo en el que conoció a Caleb y a Apolo y terminó lastimándolos. No entendí porqué, según ella, empezaron a presionarla para que se mostrara y ella se resistió. Me sorprendió la cantidad de detalles que me contó de su vida, la manera en que organizó sus palabras con realismo. Debo confesar lector que no supe qué pensar después de esa llamada, y de las que siguieron durante la semana siguiente.

Emma empezó a relatarme su vida lentamente, con una intimidad y una complicidad tales que de nuevo logró dar un giro al perfil que yo tenía de ella. Me acompañaba con su voz o con sus mensajes todas las noches, y en mis días aciagos siempre tenía algún mensaje de su parte que me animaba, algún gesto. Siempre sabía qué decir o qué hacer. Comencé a creer su historia del todo, pensé que se trataba efectivamente de una gran confusión: una muchacha enferma, desamparada, que con sus fuerzas logra oponerse a su destino, logra mantenerse en pie a pesar de su terrible enfermedad, y jóvenes inestables emocionalmente que se han cruzado en su camino, a los que ha querido corresponder o no, pero siempre ha sido satanizada. Me asombraba como mi mente iba construyendo con ella aquella figura de vulnerabilidad. Comenzamos a confesarnos mutuamente un extraño cariño. Ella me advirtió durante una llamada que me hizo, que salía con alguien, o al menos que trataba de arreglar las cosas con él. Yo le dije que sólo quería conocerla, que nada podía decidir sin la presencia. Acordamos que nos conoceríamos pronto.

Mis padres, con quienes vivo actualmente en espera de mi próxima mudanza, me informaron que se irían de paseo a la playa durante el puente del 20 de noviembre. Se acercaba también el cumpleaños de mi hermano, y según me dijo planeaba pasar todo el fin de semana fuera de la ciudad. Pensé que sería un buen momento para ir a visitar a Emma, habían pasado ya dos semanas desde mi estancia en el DF, y a mi parecer cada vez nos hacíamos más íntimos. Entonces le comenté mi intención de conocerla durante el puente. De nuevo, como la vez anterior su tono cambió. Me dijo que era muy apresurado, que la conociera más, que no quería decepcionarme. Entonces una noche después de discutir fuertemente por mensajes me llamó y me contó la verdad.

No creas que he olvidado mi narración original lector, pero todo esto está conectado, era precisamente la noche del lunes 11 de noviembre cuando me llamó. Me dijo que no podíamos vernos más, que sentía lo que había provocado en mí y que debía olvidarla. Me dijo que el chico con el que salía y trataba de arreglar las cosas era Apolo. Todo el peso de la mentira cayó sobre mí. De nuevo Emma adquirió ese semblante siniestro y resonaron en mi cabeza las advertencias de mis amigos. Debo confesar que no recuerdo mucho de sus explicaciones siguientes, tampoco tengo interés en exponerlas, están plagadas de inconsistencias, de ese intento que tiene ella por sentir que de alguna manera la casualidad opera en su contra, por desear ser odiada por quienes la aman, aunque tenga, como yo, mucha experiencia detrás de los párpados para siempre ver el horizonte gris.

Hacía dos años que no tomaba un antidepresivo, esa noche busqué entre mis medicinas un antiansiolítico y entre extrañas promesas que Emma profería y que me hacía proferir me quedé profundamente dormido. A la mañana siguiente recordé un poco la conversación de la madrugada. Emma estaba en el hospital, la conversación la había estresado al punto de hacer fallar su ya de por sí frágil salud. Una mezcla de enojo y culpabilidad me invadió. Estaba enojado por mi ingenuidad, por no haber escuchado a mis amigos y dejarme envolver en un siniestro juego cuyos objetivos desconocía. Y a su vez me sentía culpable por su salud, entré entonces en la depresión que me había estado aguardando pacientemente detrás de la puerta. Todos mis intentos de evadirla desde hace 8 meses, desde que Victoria se fue de nuestra casa, todas las razones que me había inventado para vivir, la cotidianidad que me había construido, todo se desmoronó, se desvaneció en el aire como el humo de un espejismo.

Emma y yo seguíamos intercambiando mensajes, pero ya no había en mí ninguna clase de voluntad, ninguna clase de idea sobre el futuro. Ella en cambio estaba llena de certezas, sobre que me cuidaría, sobre que debía estar, sobrevivir por ella, para estar con ella. Yo no entendía nada de lo que aquello significaba. Estuve sumido en un efecto hipnótico, sus palabras tenían y no tenían sentido para mí. Creía y no en que quería estar conmigo, en que me había elegido ¿pero elegir qué? Nunca nos habíamos visto, conocíamos nuestras voces, nuestras imágenes, pero solamente eso. ¿Y Apolo, acaso la conocía? ¿Acaso podía yo arrebatarle a mi amigo la razón de sus felicidades y tristezas? Pero nada podía pensar con claridad, nada salvo que ya no tenía voluntad de estar.

El miércoles salí a caminar al centro. Después de salir del trabajo vagué sin dirección precisa, y entré a un conocido bar del centro, donde servían la más deliciosa cerveza artesanal de la ciudad. Ahí, sentada, sola en una mesa, con la mirada clavada en un libro estaba Victoria.

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